CAPÍTULO 1: CARRIZO Y ESPESURA
La idea surgió de Alex, a sus 18 años, sin duda él era el líder del grupo. Quizás por ser el mayor o simplemente por su atrevimiento. Pero lo cierto era que la iniciativa de celebrar aquel final de curso, cenando y bebiendo en el corazón del Parque Nacional Tablas de Daimiel, había sido suya.
Tras dejar sus ciclomotores escondidos junto al centro de visitantes, pusieron rumbo hacia la isla de pan. Como siempre, Julia había sido el problema en esta ecuación. Su mente calculadora y su sentido de la responsabilidad, habían informado, una y otra vez, de la cantidad de inconvenientes que podían surgir aquella noche.
―Sigo sin entender porque tenemos que venir precisamente aquí para celebrar nada. El parque está cerrado a los turistas y está prohibido comer dentro de él. Además, el olor de nuestra comida podría atraer a los jabalís que bajan a beber durante la noche —volvió a repetir la más joven de las chicas.
—Vamos Julia, no seas aguafiestas. Has terminado 4º de la ESO con matrícula de honor, no crees que te mereces desconectar un poco.
Quien le había contestado era Adrián, su compañero y amigo de clase. Adrián era invidente, pero eso no le impedía ser uno más del grupo. Los cinco chicos habían vivido toda su vida en la misma calle. Eran amigos desde siempre y aunque estudiaban en cursos distintos, cada año volvían a hermanarse en los periodos vacacionales. Por supuesto cada uno tenía sus amigos, pero las calurosas noches de verano, eran un reclamo que los unía en cualquier banco del Parque Municipal.
—¡Vale, vale! dejar de discutir y sacar de una vez el bizcocho de manzana de la madre de Hugo.
La chica que acababa de hablar era Carla. A sus 17 añitos, se comía el mundo. Nada podía con sus ganas de vivir, y claro, Hugo era el quinto en discordia, el músico del grupo. Su garaje estaba repleto de instrumentos y cada martes desde hacía más de un año, ensayaba con su banda, nuevos temas que el propio Hugo componía.
Sin embargo, era “Braille”, como cariñosamente llamaban a Adrián, la parte más importante de aquella pandilla. El pegamento de la cuadrilla. No se regía por los cánones sociales y no tenía ningún problema en llamar a sus amigos para proponer las ideas más descabelladas y divertidas. Siempre se anclaba a la parte trasera de la vieja vespa de Alex. Adri solía ir cantando, bueno, más bien berreando las canciones del momento, mientras su amigo conducía.
―¡La Rosalía!
Por fin, aquella noche, el ambiente se había relajado. Las risas y una luna llena que iluminaba las pasarelas de madera, habían conseguido que los cinco chicos se refugiaran entre las sinuosas formas de los tarayes para disfrutar de la velada.
—Chicos no oléis algo extraño —dijo Julia al tiempo que cerraba sus ojos para inhalar el aire de la noche.
—Haber, estamos en mitad del campo y no podía aguantar más —remarcó Adrián entre risas.
—No me jodas Adri —se quejó Alex con una mueca de fastidio.
—¡Callaos! No es eso. Parece fuego.
—Tú lo flipas Julia —añadió su amiga Carla —estamos en pleno Parque Nacional, a quien se le ocurriría.
—Pues no lo sé, pero Julia lleva razón, aquí huele a humo, eso seguro —secundó Adrián —será en alguna finca cercana.
—No lo creo, estamos justo en el centro del humedal. Debe ser otra cosa —era Alex quien hablaba —¿porque no exploramos un poco?
La cara de los cuatro compañeros fue un poema. Una mezcla de miedo y desidia se adueñó de sus rostros.
—¿Acaso tenéis algo mejor que hacer? ¡Vamos, mover el culo!
Alex ya caminaba en busca de aquel rastro invisible que pululaba en el ambiente. Mientras tanto, sus compañeros se afanaban en introducir las sobras dentro de sus mochilas. En menos de un minuto, los cuatro amigos caminaron tras los pasos del único mayor de edad que zigzagueaba entre los arbustos del bosque mediterráneo.
—Vamos mal —aseguró Adrián.
—¿Cómo dices? —replicó Carla que caminaba justo delante de él guiando sus pasos.
—¡Que vamos mal! Debemos girar hacia la izquierda. Está Claro.
—Braille, a la izquierda tan solo hay carrizo seco y espesura. Seguramente estará encharcado. No podemos ir por ahí.
—Pues el humo viene de ahí, seguro. Yo seré ciego, pero tengo el olfato mucho más desarrollado que vosotros.
Carla siguió caminando unos pasos tras la senda de sus amigos, después paró en seco.
—¡Parad! Creo que Braille tiene razón chicos, vamos mal. El humo proviene del interior del carrizo.
—No, no y no —dijo Julia secamente —no pienso salirme de itinerario. Es muy peligroso, hay agua encharcada, animales salvajes y pozos de turba. Es peligroso, en serio.
—Venga Julia —dijo Alex tomándola por el hombro —Suéltate un poco el pelo, que estás mucho más guapa.
Al fondo del grupo, Carla no pudo evitar sentir una punzada de celos al ver que su amiga, se ruborizaba entre los brazos de Alex. Hugo rompió el momento, y con voz temblorosa habló.
—¿Estáis seguros de esto chicos?, mira que solo estamos empezando las vacas.
—Seguidme —fue la respuesta de Adri, que se adentró en la maleza cogido de la mano de Carla, intentando evitar que el carrizo rasgara sus caras.
El silencio se instauró en la noche y aquella historia tan divertida, se transformó en una tensa espera, tan solo rota por el siseo de sus cuerpos al rozar las cañas secas del mes de junio.
Adrián paró en seco, haciendo que todos se apelotonaran a su espalda.
—¿Qué ocurre? —dijo Alex confundido. Te has perdido Braille.
—Perdidos estamos hace ya un buen rato —Subrayó Julia.
—Silencio —oigo algo. Es como si… estuvieran cantando.
Todos callaron, agudizando el oído para intentar percibir algún sonido que rompiera el silencio de la noche.
—Adri tiene razón —dijo Carla a su lado —hay alguien por aquí.
El silencio se adueñó del grupo. Estuvieron paralizados interminables segundos, después, sin mediar palabra Adrián reemprendió el camino con tal sigilo que el resto del grupo tardó unos instantes en detectar su movimiento. Nadie hablo, pero todos continuaron tras su guía invidente.
Quince minutos después, un cántico que jamás habían escuchado llegaba claramente a sus oídos. Continuaron flexionados, cada vez más lentos, más silenciosos. Unas voces humanas retumbaron en la noche.
La mano de Carla se apoyó con fuerza sobre el hombro de Adrián, advirtiéndole que debía detenerse. El motivo, pronto se hizo evidente. Ante ellos, se abría un claro circular de unos 15 metros cuadrados. Lo que había en su interior, era difícil de creer.
En plena noche de San Juan, con la luna llena presidiendo aquel aquelarre fantasmagórico, una hoguera crepitaba en mitad de la nada, cubierta por una gran roca hueca que atenuaba sus llamaradas. A su alrededor, cuatro ancianas decrépitas con sus carnes blancas, danzaban alrededor del fuego entonando una extraña canción en algún tipo de lengua que desconocían.
—Decidme que veis —susurró Adrián a sus compañeros.
—¡Ssss! Silencio —chistó Alex.
—Decidme que veis —repitió Braille imperturbable.
La mano de Carla se posó con fuerza sobre la boca de Adrián, mas fue demasiado tarde. Una de las ancianas detuvo su extraña letanía. Su mirada oscura se clavó sobre la maleza y unos ojos entreabiertos atravesaron las entrañas de los cinco compañeros. De su garganta brotó una chirriante voz que desgarró el aire de la noche.
—¿Quién anda ahí?
Los cánticos cesaron. Aquellas mujeres comenzaron a desplazarse con una agilidad antinatural hacia el carrizo que resguardaba a nuestra pandilla de amigos. Todos corrieron aterrados sin destino, gritando ante la dantesca escena. Tan solo Alex elevó su voz para llamar a sus amigos.
—¡No os separéis! ¡No corráis! Aquí conmigo. Eso es lo que quieren.
Como un sorbo de agua en el desierto, la pandilla recibió aquella orden obligándolos a retomar una pizca de su autocontrol perdido.
—Aquí, aquí —siguió gritando Alex.
Entre temblores y gritos regresaron al claro iluminado por la hoguera. Con la respiración entrecortada, vieron aparecer a Adrián, que seguía las voces de sus amigos. Fue el último en llegar a gatas, cubierto de arañazos y jadeando por el esfuerzo. Sin duda, no había sido fácil para él regresar sin la ayuda de su amiga y guía.
—Alex intentó recobrar la respiración y preguntó.
—¿Estáis todos bien?
Todos asintieron, mas fue Julia quien habló.
—¿Dónde está Carla?
Rodeados de carrizo y con la tea calentando sus espaldas sudadas, tan solo cuatro adolescentes se miraron extrañados.

